Recuerdos de un ayer no tan lejano. Ains, que tiempos aquellos en los que me acordaba de la madre y de los doscientos padres del cliente impertinente y alcoholizado que venía cada noche a tocarme la moral. (no es que fuese siempre el mismo, pero cierto es que con lo poco que varian los argumentos de uno a otro, podría haber sido el mismo y le hubiera cogido un poco de confianza para mandarlo al carajito). Ahora, como supongo ya sabeis, no trabajo en hostelería. (toco madera)Así que solo me queda contar batallitas del pasado, como cuando el abuelo se pone pesado con que la mili duraba veinte meses. Voy a por mi dentadura para que se me entienda mejor.

Pues andábame yo una noche metida en el back office con la extraña esperanza de terminar pronto mi tarea para pasarme el resto del turno tocándome las maracas, cuando un extraño sonido salía del cuarto de maletas.   Sonaba a lluvia. Podría haber pensado que no era más que el ruido de los desagües, pero aun así, me parecía un desagüe demasiado ruidoso y fuí a chafardear.

Eran las dos de la mañana. Abrí la puerta del maletero para darme de bruces con las cataratas del iguazú, edición casera. ¡¡¡Juaaaaaaaaaan!!! ¡¡¡Ayudameeeeeeee!!!. Lo mas divertido es que el agua caía a través de un falso techo que, inflado por la cantidad de agua que absorbía, se iba desplomando. Además, el torrente de agua (similar a juntar cuatro mangueras de jardín a toda leche) caía encima de los fluorescentes y de los detectores de incendios. Con lo cual, además de la diversión de achicar agua, estaba la de ir apagando los preavisos de alarma antes de que saltase la alarma general.

¿A que mola?  Juan, el vigilante, corrió a por todo lo que pudiera ayudarnos a desalojar el agua, que ya inundaba gran parte de la recepción. Yo empecé a llamar a mis responsables directos, que como era de esperar, se despreocuparon por completo de la situación. Finalmente, la única persona que acudió en nuestra ayuda fué un empleado de otro hotel de nuestra cadena, que nos facilitó una aspiradora de agua para que achicásemos mas rápido. Ejemplar.

Un par de horas después, el agua empezó a disminuir y nos pusimos a investigar qué demonios había pasado. En la planta tecnica, (la mas alta) había una serie de gigantescos depósitos de agua caliente. A uno de ellos le había saltado una de las tuercas (que apareció a unos diez metros del depósito, si pilla a alguien por delante lo mata) con lo que se había abierto un boquete en el depósito dejando salir veinticinco mil litros de agua a presión hotel abajo. Había cuatro plantas completamente anegadas. Cuando los clientes se levantaban por la mañana llamaban a recepción diciendo que en su habitación había un palmo de agua en el suelo. Pero ningún responsable acudió.

La que suscribe se pasó desde las dos de la madrugada hasta las seis de la mañana (hora en la que apareció una camarera de pisos a rematar) achicando agua junto con el señor de seguridad que me acompañaba en el turno. Menos mal que el agua que caía era caliente, porque nos pusimos como sopas. Yo terminé arremangada y con el horroroso pañuelito de cuello del uniforme a modo de moño-cofia improvisado. (antes tenía el pelo largo) Imaginaos a alguien de esta guisa haciendoos un check out.

Aquel dia terminé mi turno a las diez de la mañana gracias a esa mierda a la que llaman sentido del deber. Mi recompensa fué un gripazo monumental y las iras de los jefes de servicio cuando el director alabó mi iniciativa. Vivir para ver.

Para mi desgracia, llevo la maldición a cada hotel que piso, y esta solo fué una de las varias inundaciones a las que me tocó hacer frente durante los años que trabajé en el cuerpo.

Sed buenos.